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Archive for 24 mayo 2010

Ante el folio en blanco me viene a la memoria una cancioncilla que aprendí en mis primeros años y que me llega siempre asociada a villancicos y ecos navideños. “Y mi abuelo se murió/ y a mí no me dejó nada, / y a mi hermano le dejó/ asomado a la ventana”.
Hace pocas fechas que frente a mi provisional domicilio cangués vino a instalarse una familia que es la que me ha llevado a rememorar la cancioncilla de marras. A la tal familia parece le han dejado también en herencia una ventana a la que sacan un total provecho dado el altísimo grado de utilización que sacan a la misma.
Y es esa ventana en concreto y no otra. Las demás pasan los días prácticamente cerradas e inoperantes, de ahí que yo deduzca sea ésta la de la herencia del abuelo: la de la cocina. Mis constantes cambios de turno en el trabajo me han permitido observar el ir y venir que en la misma se produce.
Nunca he visto la persiana bajada. Hacia las ocho, cuando en febrero ya el día clareaba y en marzo la luz era completa, aparecía el primer usuario. Es una mujer de mediana edad que me parecía vestir camisón o parte superior de pijama y que se acodaba tras los cristales escrutando cuanto desde su atalaya podía divisarse. No dudaba en utilizar ambas manos de pantalla para evitar reflejos de luz y lograr una más perfecta visión. A esas horas, la calle aún está prácticamente desierta y tan solo algún alumno rezagado pasa veloz camino del Instituto bajo la escrutadora mirada de la ventana.
Apenas cinco o diez minutos después, un hombre se sitúa junto a ella. Aunque no podía distinguir sus rasgos daba la impresión de ser uno de esos a los que parece continuamente duele el estómago. Siempre aparece con jersey, lo que contrasta, al menos a mi entender, con la ligereza del camisón de la que presumo su mujer. Tras ellos, una sombra va y viene intentando encontrar hueco.
Se marcha el hombre y su puesto es rápidamente ocupado por otra mujer más entrada en años que, junto a la primera, señalan, hablan, señalan, hablan y vuelven a señalar.
Cuando ya la mañana ha avanzado lo suficiente aparece una tercera persona: un hombre mayor, alto y enjuto, que debe ser más callado por cuanto el grado de utilización que hace de la ventana baja bastante con respecto al resto de los ocupantes de la cocina.
Y alternándose unos y otros en el mirador de la cocina va pasando la mañana que es totalmente escrutada por los aburridos ojos de los ventaneros que practican con fruición aquello del “dejar hacer, dejar pasar” al que agregan un “y vamos a cotillear”.
Cuando cambio el turno y paso la tarde en casa, la mecánica no varía. La mujer aparece ya vestida y, en las primeras horas, se acoda hacia fuera manteniendo en sus manos un trapo de cocina. Luego llega el hombre, miran y charlan, charlan y miran. Se asoma la mujer mayor, cambian de nuevo y, vuelta a empezar. Pasadas las once de la noche se apaga la luz. Hasta las ocho de la mañana el alfeizar descansa.
Con las primeras luces, la noria comienza de nuevo. Ni siquiera los fines de semana la persiana cierra la oquedad de la ventana. Es la herencia del abuelo.

(Publicado en La Maniega)

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Somos las últimas testigos de la decadencia de las aldeas y el fin de las pequeñas economías rurales

Primero se cerraron las iglesias, después las escuelas, seguidamente los chigres y por último se fueron los jóvenes

Algo más de doscientas mujeres de las diversas zonas rurales que configuran el concejo cangués se concentraban no ha muchos meses en el Palacio Conde de Toreno en la clausura de los talleres itinerantes organizados desde la Concejalía de la Mujer en los que han participado. Entre las asistentes apenas pudimos encontrar jóvenes.
Según nos señalaba Luisa Fernández, del Río de Rengos, “somos las últimas testigos de la decadencia de las aldeas y el fin de las pequeñas ganaderías rurales”. Luisa se explicaba y sus compañeras asentían con convencimiento. “Cuando nosotras éramos mozas, la ilusión de las madres era encontrar un buen muirazo (heredero de la casa y las tierras en los pueblos) para casarnos, era la forma de asegurar el futuro. Ahora nuestras hijas, y no digamos nuestras nietas, no quieren oír hablar ni de muirazos ni de quedarse en el pueblo, ni de atender vacas ni huertas”.
Ana apostillaba señalando que, “como mucho se quedan a vivir en el pueblo por la cosa de la vivienda, pero quieren trabajar en Cangas o en un sitio más grande. Las aldeas quedaran sin nadie”.
Con un ejemplo gráfico nos sintetizan el decaimiento de las aldeas: “primero se fueron los curas y cerraron las iglesias, después los maestros y nos quedamos sin escuelas, por último los chigres que nos quedaron sin tertulias ni lugar de reunión, y por último nuestros hijos”. Todas están convencidas de que son las últimas de una época. “Nosotras hemos sido el sostén de la casa, las pequeñas ganaderías y los pueblos. De momento no vemos por ningún lado el relevo”.
Los talleres citados se desarrollaron en los núcleos rurales de Robledo de Tainás, Bornazal del Acebo, Carceda, Besullo, Cibuyo, Trones, Vega de Rengos, Carballo y Villager. Profesionales de distintos campos de la psicología, filología y enfermería, que además son expertas en género, fueron las encargadas de impartir los talleres, junto con el personal del Área de la Mujer del ayuntamiento de Cangas del Narcea.
Rosa Cid López, profesora de la Facultad de Historia de la Universidad de Oviedo, impartió la conferencia “Las mujeres y el medio rural: una visibilización necesaria
Los objetivos del programa de Talleres Itinerantes son el fomento de la participación social de las mujeres propiciando el encuentro y la relación entre las destinatarias, fomentando las redes sociales de mujeres de la misma zona, así como incentivar la evolución de mentalidades y cambio de actitudes que faciliten la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y privada sin prejuicios sexistas, dando a conocer a las participantes la importancia las políticas de igualdad de oportunidades en todos los ámbitos de la sociedad.
Muy bonitas palabras que, en el día a día, chocan con la dura realidad del campo asturiano que se muere en el olvido entre las nostalgias de los mayores y la huida de los más jóvenes. Solos los caminos, abandonados los prados, cayéndose las iglesias y los edificios escolares y cerrados los chigres. La figura del chigrero no ha sido declarada especie en extinción.

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La vieja carretera se halla ya cortada y poco a poco desaparecerá en todo el tramo del puerto

Vecinos y alcaldes se oponen a su desaparición

No hay marcha atrás. El viejo tramo de carretera que desde el Pueblo de Rengos lleva a Larón, atravesando el puerto de Rañadoiro, desaparece. A unos cuatro kilómetros del primero, carretera arriba, una señal advierte: “Carretera cortada”. Una zanja en el suelo y cascotes en la calzada se muestran disuasorios. Más allá, a la espera de su puesta en marcha, una viga abatible, junto a una placa solar, espera el momento de entrar en servicio. “Control de accesos” se lee en su base.
Desde la parte sur, desde Larón, otra señal advierte que la carretera está cortada. Se cumple así lo acordado por el Gobierno del Principado y la UE en el convenio de la construcción del túnel para paliar en lo posible el impacto ambiental del nuevo trazado en un hábitat muy sensible.


Los vecinos de los pueblos más cercanos están en contra de la desaparición de este tramo de carretera. En Larón, Manuel García, nos señala que la desaparición de este tramo les traerá múltiples problemas. “Complicará los accesos a fincas y a partes de monte sobre todo con los tractores”. Precisa que “no es que coincida en todo su trazado con los viejos caminos, pero está hecha hace al menos 60 años y asfaltada unos 35, la hemos utilizado siempre y si ahora la cierran nos fastidian”. En la misma línea se muestran del otro lado, Juan y Francisco, en Rengos. “No solo es que nos perjudiquen para subir al monte, también puede tener importancia para el turismo, las vistas desde el alto del Rañadoiro hacia la zona de Degaña e Ibias son impresionantes, eso se perderá para los viajeros, esperamos que al menos dejen alguno tramos que nos son más necesarios”.
En Larón, Antonio Álvarez y Ramona Gavela, que se han jubilado hace poco en Oviedo y se han venido a vivir a la aldea, muestran también su enfado. “No se puede hacer esto. No solo son los trastornos que pueden acarrear a los ganaderos, es que si ocurre algo en el túnel o en sus cercanías quedamos sin acceso al Hospital Comarcal de Cangas del Narcea, y el asegurar esta ruta es imprescindible sobre todo para todos estos pueblos de Cangas y Degaña en que la población está muy envejecida”.


En esta misma línea se muestra el alcalde de Degaña, Jaime Gareth, quien incide en la necesidad de mantener una ruta alternativa hacia Cangas “puesto que ya existe”. Cree el alcalde que también sería un atractivo especial para la potenciación del turismo en la comarca. Lo mismo opina el cangués, José Manuel Martínez. “Creo que la vieja carretera debe mantenerse por múltiples motivos”.
Mientras los operarios siguen con sus tareas de cierre, los vecinos han iniciado la recogida de firmas requiriendo a los ayuntamientos de Cangas y Degaña y al Gobierno del Principado que la vieja carretera del Rañadoiro se siga manteniendo.
Por su parte, la Coordinadora Ecologista ha advertido con llevar el caso a los tribunales si el Principado no efectuaba el desmantelamiento total de la vieja carretera del puerto. Muy pronto el viejo camino será tan solo un recuerdo en la memoria colectiva invernal de la comarca sur occidental.

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